Tiempo estimado de lectura:

Hora de comer, carrera de Fórmula 1, tristes porque Alonso no está haciendo su mejor carrera. Suena el timbre de la puerta. Elena se levanta y escudriña por la mirilla. Me mira con cara de extrañeza. - No le conozco, no es un vecino - me dice - Anda, mira tú.

Me levanto, miro yo también y me encuentro con un señor mayor, algo bajito, encorvado, calvo, con dos matas de pelo blanco desordenado a ambos lados de su cabeza. Se apoya en la pared, paciente. Sabe que hay alguien en casa. Tiene oficio.

Mi primera reacción, egoísta como siempre, consiste en no complicarme la vida, alejarme de la puerta, hacer como que ese señor no existe. Y no sé por qué, voy y abro la puerta, y pregunto que qué desea.

Pues mire usted, lamento importunarle. Ya se imagina, vengo pidiendo comida. - Empieza. Viste ropa vieja, alguna de segunda o tercera mano. Tiene la piel tostada por el sol. No huele, ni bien ni mal. Está aseado. Mal vestido, pero aseado. Me cuenta que acude a lavarse a los baños públicos de Embajadores; se tiene que llevar el jabón y la toalla, pero puede lavarse por 50 céntimos.

Todavía sin fiarme demasiado, le pido que espere y vuelvo con dos litros de leche y dos botes de pimientos del piquillo. No le sirve. - ¿No tendrá un bote de judías o garbanzos, o algo para hacerme un bocadillo? - Y yo pienso en si no me habrá tocado un pobre sibarita. Encima con exigencias.

Elena se marcha a la cocina, pues recuerda que tenemos sobras de la comida del sábado. Bendita suegra que nos da tupperwares como si fuésemos ese hijo soltero que se va de casa y vaya desastre.

Mientras tanto, entablamos conversación. No tiene familia, se le ha terminado la prestación y ha tenido que dejar la habitación en la que vivía alquilado, donde podía dejar sus escasas pertenencias. Es ex-legionario, y se lamenta de que después de tantos años de servicio la Legión no se acuerda de él ni le ofrece ayuda alguna, que él ha hecho maniobras en Viator, donde han fallecido esos pobres, y que en la colonia militar en la que vivo nadie le abre la puerta o se la cierran en las narices.

Me cuenta que ahora lleva en su vieja mochila todo lo que tiene, salvo una manta que guarda en el Carrefour (entiendo que en una taquilla): una muda, su bombona de camping gas que le ha costado ¡10€! pero le dura veintitantos días y es la única forma de comer algo caliente, su toalla, un poco de pan que le queda de esta mañana…

Le ofrezco mi mochila de montaña, donde le cabrían más cosas. De momento le basta con la que tiene, que la lleva a reventar con todas sus pertenencias colgada a la espalda. No acepta más comida que la que se puede tomar a las cinco de la tarde, que es su única comida fuerte del día. - No tiene dónde meterla y para que se estropee… - Yo sigo en estado de shock. Este hombre no tiene nada material, pero le sobra sentido común. Cuanto más hablamos, más entiendo.

Este hombre podríamos ser cualquiera de nosotros de aquí a unos años. ¿Estamos preparados para dormir en el escaparate de una ortopedia y pedir casa por casa, lo más humillante que puede sufrir una persona, y lavar nuestra ropa y secarla en el parque mientras almorzamos?

Personalmente, me he sentido un poco idiota con los dos bricks de leche y los pimientos. A partir de ahora procuraré tener latas de fabada variadas para poder ofrecer a la persona que se vea en la necesidad de llamar a mi puerta y pedirme ayuda.

Y os animo a hacer lo mismo. Os animo a tener comida preparada. Os animo a abrir la puerta de vuestra casa con una sonrisa. A preguntar su nombre a la persona que tenéis delante (yo me he olvidado, y me arrepiento). Y a decirle que puede volver y que tiene una mochila esperando por si se le vuelve a romper la cremallera y ya no tiene arreglo.

Amigos: lo que no hacen los políticos podemos hacerlo nosotros.

Blog Logo

Carlos Escribano

Desarrollador Web desde hace 10 años. Me gusta resolver problemas de forma ingeniosa. Saber más.

Vida y milagros de un desarrollador web

carlosescribano.com

Volver al Inicio